"EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS". "THERE IS BEAUTY IN PAIN, TOO"

18 ene 2014

RAINING BLOOD

Un agudo chillido, horrible y estremecedor, le perforó los tímpanos y pareció llegarle hasta el cerebro; haría que se volviera loco. En ese momento deseó morir, lo había deseado tiempo atrás y sabía que lo seguiría haciendo, pero era imposible. No podía escapar de su destino, de la función para la cual había sido creado. Esperó hasta que la última nota del grito se desvaneció en el aire y luego reanudó su carrera corriendo de forma acelerada, sin parar un solo segundo. 

Cuando aparecieron los murciélagos todavía se afanaba por escapar, a pesar de que sabía que era inútil. Jamás lo lograría, así como tampoco podría nunca morir. Los siniestros seres alados, negros como la noche profunda, eran tan numerosos que tapaban la poca claridad que procedía del cielo nocturno, sumiéndolo todo en la más absoluta oscuridad. Sin embargo, siguió corriendo. No podía detenerse ahora. 

La explanada sobre la que se alzaba el castillo acabó, dando paso a un bosque no muy grande pero de arboleda espesa y enmarañada maleza descuidada. No dudó al internarse en él; no lo conocía, pero tampoco lo temía. El Señor no permitiría que le sucediera nada, igual que tampoco se enojaría por su pequeño intento de rebelión. Era innecesario, porque este acto resultaba simplemente inútil. Pero él siguió corriendo mientras el chillido se oía más y más fuerte, no solo en sus oídos sino también en su cabeza; y los murciélagos lo perseguían volando en círculos cada vez más bajos sobre su cabeza, acosándolo y tratando de ahogarlo con su presencia. 

También el bosque acabó, pero aún no terminaban los dominios del Señor. Toda esa tierra era suya; algunos lo consideraban una posesión ínfima, pero solamente porque los ignorantes no conocen la verdad. Porque al fin y al cabo, qué son unas hectáreas de terreno cuando se es el amo de todo un reino infernal. Siguió corriendo y corriendo hasta que llegó al borde de un acantilado, con la desesperación de los gritos hundiéndose en su cerebro llevándole casi hasta el borde de la demencia. Se paró ante el abismo y cayó de rodillas en la tierra, sujetándose la cabeza con las manos con un gesto de agónico dolor. 

Entonces los murciélagos comenzaron a volar alto, más alto, hasta que dejaron de atosigarlo con sus alas y se elevaron lo suficiente como para vislumbrar de nuevo la luz de la luna entre las nubes. Como si obedecieran una silenciosa orden, los seres alados se marcharon tan rápidamente que pareció que hasta ese momento su presencia allí había sido un mero sueño irreal. Alzó la cabeza para mirar y lo que vio le desgarró aún más por dentro: un cielo rojo, del color de la sangre, se cernía sobre su cabeza. Del color de la misma sangre que instantes después comenzó a caer de las nubes cual lluvia. Helado de terror, gritó tendido sobre la reseca tierra cuando la sangre le tocó, y con el contacto de cada gota se hundía en una agonía más y más profunda de la que no saldría hasta que el Señor lo ordenase. La sangre le quemaba la piel y hasta las entrañas, y él siguió gritando dominado por el pánico, el horror y la locura. 

Y con un solo pensamiento del Señor, esa tortura acabó. Se levantó sintiendo que ya nunca volvería ser el mismo, por muchos siglos que pasaran, porque la osadía de desafiar al Señor iba mucho más allá de una tortura física. Los murciélagos volvieron pero esta vez avanzaron delante de él, para indicarle el camino de vuelta. Los siguió, aún sintiendo un dolor indescriptible y con las tinieblas cubriéndole el alma. El Señor jamás perdonaba, y aquello solo había sido una lluvia de sangre...

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