"EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS". "THERE IS BEAUTY IN PAIN, TOO"

11 dic 2013

ICHIRIN NO HIME

Himeko salió a la veranda y se sentó de rodillas sobre un cojín. Era una noche preciosa. La luna llena pintaba con su reflejo la superficie cristalina del pequeño lago del jardín, donde dormían las carpas, haciéndole parecer un brillante espejo. Los restos de la llovizna goteaban de los aleros de madera produciendo una constante melodía acompasada con el ocasional croar de las ranas. Himeko esperaba morir aquella misma noche. Su esposo había partido a la guerra mucho tiempo atrás para apoyar al que consideraba su legítimo señor, Toyotomi Hideyori. Pero éste había sido derrotado en la batalla de Sekigahara, su marido había sido obligado a quitarse la vida y sus enemigos estaban a punto de llegar para cobrarse su victoria. En efecto, enseguida se escuchó el sonido atronador de los cascos de cientos de caballos pisoteando el suelo. Se oyeron voces, gritos y chillidos de terror. Alguien había prendido fuego a la casa y el pánico se extendió entre sus moradores. Solo Himeko esperaba tranquila, contemplando el jardín, emapándose del olor de la sangre y rogando desdesperadamente en silencio porque la muerte llegase rápido. El destino que esperaba a las mujeres cautivas, sin nadie que las protegiese, solía ser algo mucho peor que eso. Himeko oyó voces: los soldados Tokugawa estaban allí.

El sol brillaba sobre los encharcados campos de arroz, de un verde brillante y fresco. Los campesinos se afanaban en la labor para recolectar el preciado grano que constituía la base de su alimentación. Los hombres abrían surcos profundos para plantar las semillas y las mujeres, muchas con sus hijos a la espalda, recogían los brotes que ya estaban crecidos. Keiko se levantó, tratando de ignorar el acusado dolor de espalda. La vida en el campo era dura, aunque afortunadamente ese año la cosecha había sido buena. Muchas tierras habían sido arrasadas en la guerra y cinco años después de la batalla de Sekigahara aún no se habían recuperado. Muchos campesinos morían de hambre. Nadie sabría jamás cuán agradecida se sentía Keiko de no ser una de ellos. Al igual que nadie adivinaría tampoco que una vez ella se vistió con preciosos kimonos de seda, bebió té en juegos de delicada porcelana antigua y escribió bellos poemas con su estilizada caligrafía de princesa. Tampoco ella misma supo nunca por qué aquel oficial Tokugawa se quedó mirando sus ojos oscuros, acarició su largo pelo negro y, cuando creyó que iba a tomarla por la fuerza, la dejó ir murmurando tal solo el que a partir de entonces sería su nuevo nombre: Keiko.

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