Las constantes ráfagas de aire helado le cortaban la cara, los labios, le obligaban a cerrar los ojos llorosos porque le dolía mantenerlos abiertos. El frío le entumecía todos los músculos del cuerpo pese a las prendas de abrigo y le minaba la sensibilidad de los dedos en las manos y los pies, a pesar de las pesadas botas y los guantes. El reflejo del sol, que lucía en lo alto de un cielo azul, puro e inmenso, provocaba destellos brillantes en la nieve creando ilusiones ópticas que quemaban la retina y la mente.
Gray se movió un poco para cambiar de posición; sus ropas de material plástico, aislantes del frío, emitieron un crujido casi imperceptible. Se entretuvo contemplando cómo el vaho que escapaba de su boca en cada respiración se elevaba hacia lo alto. Ese maldito aire le helaba los pulmones. Apoyó los antebrazos sobre su rifle en actitud hastiada y miró un poco por encima del parapeto que les servía de precaria trinchera. No había novedad en el frente, si se le podía llamar así a la extensión albina de kilómetros y kilómetros que tenían delante de ellos.
A su lado, oyó como su compañero Conrad se erguía ligeramente, quitándose el casco con un gesto de incomodidad. Pese al frío, tenía el pelo rubio corto empapado en sudor. Conrad tiró el casco unos metros más allá y refunfuñó algo en su idioma. A Gray no le hacía falta entenderlo para comprender qué pasaba por su cabeza.
- ¿Qué hora es? - preguntó Conrad con su marcado acento.
- Debe faltar poco para mediodía - calculó Gray mirando al cielo y deduciendo el momento del día por la posición del sol, que se reflejaba en sus gafas oscuras.
- Me cago en la puta - maldijo Conrad, y esta vez su amigo sí que lo entendió.
Quedaban aún muchas horas de vigilancia por delante. Así era cada día, uno tras otro. Así había sido desde hacía no sé cuantos años. Gray trató de recordar aquellos días en los que solía tener un hogar, una familia y una vida. Parecía que había sido en otro mundo, en otra existencia.
- Estás pensando en ellos, ¿verdad? - dijo su compañero.
Gray asintió levemente. Si algo se aprendía en el frente era a leer las expresiones de los demás. Había poco que ocultar cuando el destino está vacío de esperanza y desolado como la tierra que pisaban. Rose, Katherine, Paige, Desmond. Aquellos que una vez habían sido su familia ahora eran sólo nombres en los labios de un hombre desesperado. Nadie tenía ya familia, ni hogar, ni patria, ni bandera, ni ideales. Lo habían perdido todo. El ser humano había sucumbido a su propia avaricia. La solución milagrosa, el nuevo paraíso, la última oportunidad de redención se había convertido en otra lucha más por el poder a nivel mundial. Todos los hombres que quedaban vivos luchaban en aquel territorio inhóspito y cruel sin saber a quién obedecían. Luchaban por una esperanza vacía, volver a casa era tan sólo un sueño de días pasados imposible de cumplir. Las mujeres, las hijas, las hermanas, todas ellas habían quedado atrás, demasiado lejos para saber dónde.
- ¿Crees que algún día volveremos a verlos? - dijo Gray, aunque sabía muy bien la respuesta. Era un tipo de tortura psicológica. Conrad, que también había tenido esposa una vez, Martha, se cuidó mucho de contestar a aquello.
- ¿Cuánto tiempo llevamos en esta puta guerra? Joder, estoy harto de este frío de los cojones. No se puede ni mear sin que se te congele la polla - blasfemó Conrad.
- No acabará. Nunca acabará, no hasta que nos matemos todos - murmuró Gray. Los dos sabían que era cierto.
De pronto, una bala pasó zumbando junto a su oído, tan cerca que oyó el misil cortando el aire. Acto seguido escuchó el ruido de un cuerpo al derrumbarse y vio a su compañero, Conrad, caer muerto a su lado con un tiro en la frente. No se inmutó; pocas cosas podían impresionarle ya. Vio el casco de Conrad tirado en el suelo, tal y donde él lo había dejado unos minutos atrás. Lo cogió, pensando que si no se lo hubiera quitando todavía estaría vivo. Cubrió con él la cara de su compañero y se alejó de allí arrastrándose por la nieve. El enemigo le había descubierto.
Gray huyó desesperadamente, pero se encontraba en campo abierto. Todo era terreno llano en aquel mundo blanco reluciente. Su empeño por escapar era algo tan solo inherente a su condición humana, eso que se suele llamar instinto. Gray era tan consciente del nulo valor de su propia vida que poco le importaba vivir o morir, pero siguió tratando de ponerse a salvo alcanzando el puesto de avanzadilla más cercano.
Nunca llegó. A pocos metros de distancia de su improvisada trinchera, se vio atrapado en un fuego cruzado entre dos facciones opuestas. Nunca supo de dónde venían las balas; en aquel lugar no se distinguía más que el blanco de la nieve. Nunca supo quiénes disparaban los fusiles, pero eso daba igual, porque todos eran enemigos de todos en la última gran guerra por el control de la humanidad.

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