"EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS". "THERE IS BEAUTY IN PAIN, TOO"

13 feb 2014

THE ART IN NATURE

Es medianoche. La hora en que la noche se cierne con suavidad sobre el bosque y sobreviene la calma entre todas las criaturas: plantas, bestias y espíritus. El tiempo en que la brillante luna llena ejerce su influjo sobrenatural y, como un lejano recuerdo, hace brotar sensaciones en cada rincón de las almas, generando paz y tranquilidad interior. Es el momento en que todo, absolutamente todo, es posible. 

Rápido, veloz, ligero. El viento recorre audaz cada recoveco, entre hojas, tallos, troncos y juncos dejando tras de sí tan solo una estela de frescor y un suave susurro, arropando a todas las formas vivientes con su caricia. Con él viajan miles de pequeñas motas de luz, tan brillantes que resulta imposible vislumbrarlas. Sólo las mágicas criaturas que habitan los bosques son capaces de hacerlo. Ellas, que con tanta astucia y elegancia se ocultan del ojo humano, tan ciego como su corazón para creer. 

Seyha bate sus alas hasta que no son más que un borrón azulado en el aire de la noche y se eleva pausadamente en vertical hasta quedar por encima de las copas de los árboles y hacerse cosquillas con las hojas en los dedos en los pies descalzos. La luz de la luna arranca destellos blanquecinos a su piel cremosa y pálida, mientras que su largo cabello rubio, tan claro como su piel, revolotea guiado por el viento en torno a su cuerpo. El hada alza los brazos y eleva la cabeza hacia el oscuro cielo estrellado en un clamor silencioso y expectante. La respuesta no se hace esperar. Primero, siente la ligera humedad que el viento arrastra consigo. Después, el frío cristalizado en pequeñas gotas. Finalmente, la lluvia comienza a caer uniformemente de forma sosegada, alimentando y llenando de vida a todas las criaturas. Las plantas beben agradecidas y el suelo alfombrado de verde absorbe las gotas con un imperceptible crujido. 

Seyha contempla su obra un momento y luego desciende lentamente sin preocuparse por la lluvia, empapándose por completo y notando como las gotas de agua resbalan sobre su piel tersa. No es un hada de la lluvia, pero le está permitido alimentar de vez en cuando al bosque con este don, especialmente en noches de luna llena. Este momento es especial incluso para las criaturas mágicas, quienes están dotadas no con uno, sino con múltiples dones, pero han de cumplir con su función principal si quieren que el bosque siga estando rebosante de vida. Y ellas lo hacen agradecidas, porque aman al bosque, porque forman parte de él y él de ellas. Y así se establece el orden natural de las cosas. 

El hada camina despacio acariciando la hierba con las plantas de los pies. Se dirige hacia el lago, para saber si Nwen está molesta por haber invocado a la lluvia, aunque en su interior sabe que no es así. Rara vez estas criaturas se alteran por nimiedades y eso es lo que la diferencia de los humanos, quienes se alimentan de sus rencores y su dolor hasta corromperse. Por eso fueron ellos quienes inventaron las guerras y las armas. Seyha se detiene en la orilla del lago y se introduce un poquito. El agua juguetea con sus tobillos y caracolea alrededor. Seyha sigue esperando. Sabe que las ondas transparentes llevan su presencia hasta quien vive en las profundidades. Avanza un poco más, esta vez hasta las rodillas. Le da tiempo al agua para que se acostumbre a ella. En el bosque no existe la prisa porque las criaturas no la necesitan. Viven acordes con la naturaleza, a su propio ritmo, tranquilos, calmados. 

De pronto, el agua comienza a arremolinarse y a formar olas en la orilla del lago. De su interior emerge una figura femenina, alta, delgada, esbelta. Viste una túnica blanca, larga, suelta, que cae en pliegues en torno a sus formas y está sujeta con un fino cinturón plateado. Una diadema de plata peina sus largos cabellos de hielo, y en su mano izquierda sostiene un largo báculo, también plateado, que hace juego con sus ojos grises como un día nublado. Es una náyade, pero no una cualquiera. Ella es la dama de plata del lago. 

La dama sale de las aguas con parsimonia y elegancia, y aunque las olas lamen su piel y la lluvia empapa su cuerpo, cuando pone sus pies desnudos en tierra está tan seca como el interior de una madriguera de ratones de campo. Avanza hasta donde Seyha espera y la mira. Sus ojos grises se encuentran con los ojos azules del hada y establecen una silenciosa conexión, que no se puede ver sino sentir. Allí esta ella, piensa Seyha: su amiga, su hermana, su amante. La dama de plata del lago, noble, bella. Toda ella, es solo suya. Las criaturas del bosque sólo entienden de sentimientos. Lo que los une a otros seres es más fuerte que cualquier otra cosa. No comprenden los extraños perjuicios humanos sobre géneros, sobre sexos. Ellos están más allá de la biología humana, porque son parte de su propio sistema vital, del bosque, y nada más. 

Nwen parece irradiar luz propia, una luz blanca y plateada que podría competir con el mismísimo brillo de la luna llena. Pero no existen rivalidades en el bosque: todos son iguales porque todos forman parte del mismo ser. Entonces, se rompe el hechizo y Seyha puede al fin moverse, acercarse aún más a la altiva dama y rodearla con sus brazos hasta sentir sus cuerpos juntarse y sus labios en un cálido contacto al contraste con la fría lluvia que sigue cayendo y que ahora también moja el cabello blanco de Nwen. 

- ¿Has vuelto a quitarme el trabajo, pequeñaja? - pregunta Nwen cuando se separan.
- Es luna llena. Pensé que podríamos hacer una excepción - contesta Seyha, aún sintiéndose en el cielo a causa de la embriagadora presencia de su dama. 

Nwen sonríe dulcemente y acaricia la cabeza de Seyha en un gesto cariñoso. Observa sin disimulo a la delicada y frágil hada, desde las raíces del pelo hasta la punta de sus dedos, pasando por el vaporoso vestido corto de color rosa y las alas azuladas en su espalda, cual bella mariposa. Se le agranda la sonrisa al pensar que, al contrario que las mariposas, Seyha no vivirá sólo un día: la tiene para ella cuanto tiempo quiera darles el bosque. La retiene de nuevo en un largo abrazo y seguidamente le tiende la mano. El hada la acepta y juntas se dirigen hacia lo más profundo del bosque. Allí se encuentra un lecho seco de hojas, que, cuidadosamente preparado, espera su llegada. Sobre él se tienden Seyha y Nwen, y entonces, el espacio queda cerrado por una cortina de finos ramajes de sauce. 

La luna llena refleja en el cielo el espíritu de la noche en el bosque. La lluvia ha dejado de caer y las estrellas vuelven a brillar con fuerza. Es una hermosa noche. Una noche mágica incluso para la más mágica de las criaturas.


1 feb 2014

WHITE WAR

Las constantes ráfagas de aire helado le cortaban la cara, los labios, le obligaban a cerrar los ojos llorosos porque le dolía mantenerlos abiertos. El frío le entumecía todos los músculos del cuerpo pese a las prendas de abrigo y le minaba la sensibilidad de los dedos en las manos y los pies, a pesar de las pesadas botas y los guantes. El reflejo del sol, que lucía en lo alto de un cielo azul, puro e inmenso, provocaba destellos brillantes en la nieve creando ilusiones ópticas que quemaban la retina y la mente. 

Gray se movió un poco para cambiar de posición; sus ropas de material plástico, aislantes del frío, emitieron un crujido casi imperceptible. Se entretuvo contemplando cómo el vaho que escapaba de su boca en cada respiración se elevaba hacia lo alto. Ese maldito aire le helaba los pulmones. Apoyó los antebrazos sobre su rifle en actitud hastiada y miró un poco por encima del parapeto que les servía de precaria trinchera. No había novedad en el frente, si se le podía llamar así a la extensión albina de kilómetros y kilómetros que tenían delante de ellos. 

A su lado, oyó como su compañero Conrad se erguía ligeramente, quitándose el casco con un gesto de incomodidad. Pese al frío, tenía el pelo rubio corto empapado en sudor. Conrad tiró el casco unos metros más allá y refunfuñó algo en su idioma. A Gray no le hacía falta entenderlo para comprender qué pasaba por su cabeza. 

- ¿Qué hora es? - preguntó Conrad con su marcado acento.
- Debe faltar poco para mediodía - calculó Gray mirando al cielo y deduciendo el momento del día por la posición del sol, que se reflejaba en sus gafas oscuras. 
- Me cago en la puta - maldijo Conrad, y esta vez su amigo sí que lo entendió. 

Quedaban aún muchas horas de vigilancia por delante. Así era cada día, uno tras otro. Así había sido desde hacía no sé cuantos años. Gray trató de recordar aquellos días en los que solía tener un hogar, una familia y una vida. Parecía que había sido en otro mundo, en otra existencia. 

- Estás pensando en ellos, ¿verdad? - dijo su compañero. 

Gray asintió levemente. Si algo se aprendía en el frente era a leer las expresiones de los demás. Había poco que ocultar cuando el destino está vacío de esperanza y desolado como la tierra que pisaban. Rose, Katherine, Paige, Desmond. Aquellos que una vez habían sido su familia ahora eran sólo nombres en los labios de un hombre desesperado. Nadie tenía ya familia, ni hogar, ni patria, ni bandera, ni ideales. Lo habían perdido todo. El ser humano había sucumbido a su propia avaricia. La solución milagrosa, el nuevo paraíso, la última oportunidad de redención se había convertido en otra lucha más por el poder a nivel mundial. Todos los hombres que quedaban vivos luchaban en aquel territorio inhóspito y cruel sin saber a quién obedecían. Luchaban por una esperanza vacía, volver a casa era tan sólo un sueño de días pasados imposible de cumplir. Las mujeres, las hijas, las hermanas, todas ellas habían quedado atrás, demasiado lejos para saber dónde. 

- ¿Crees que algún día volveremos a verlos? - dijo Gray, aunque sabía muy bien la respuesta. Era un tipo de tortura psicológica. Conrad, que también había tenido esposa una vez, Martha, se cuidó mucho de contestar a aquello. 
- ¿Cuánto tiempo llevamos en esta puta guerra? Joder, estoy harto de este frío de los cojones. No se puede ni mear sin que se te congele la polla - blasfemó Conrad. 
- No acabará. Nunca acabará, no hasta que nos matemos todos - murmuró Gray. Los dos sabían que era cierto. 

De pronto, una bala pasó zumbando junto a su oído, tan cerca que oyó el misil cortando el aire. Acto seguido escuchó el ruido de un cuerpo al derrumbarse y vio a su compañero, Conrad, caer muerto a su lado con un tiro en la frente. No se inmutó; pocas cosas podían impresionarle ya. Vio el casco de Conrad tirado en el suelo, tal y donde él lo había dejado unos minutos atrás. Lo cogió, pensando que si no se lo hubiera quitando todavía estaría vivo. Cubrió con él la cara de su compañero y se alejó de allí arrastrándose por la nieve. El enemigo le había descubierto. 

Gray huyó desesperadamente, pero se encontraba en campo abierto. Todo era terreno llano en aquel mundo blanco reluciente. Su empeño por escapar era algo tan solo inherente a su condición humana, eso que se suele llamar instinto. Gray era tan consciente del nulo valor de su propia vida que poco le importaba vivir o morir, pero siguió tratando de ponerse a salvo alcanzando el puesto de avanzadilla más cercano. 

Nunca llegó. A pocos metros de distancia de su improvisada trinchera, se vio atrapado en un fuego cruzado entre dos facciones opuestas. Nunca supo de dónde venían las balas; en aquel lugar no se distinguía más que el blanco de la nieve. Nunca supo quiénes disparaban los fusiles, pero eso daba igual, porque todos eran enemigos de todos en la última gran guerra por el control de la humanidad.