"EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS". "THERE IS BEAUTY IN PAIN, TOO"

21 nov 2013

EL MAGO Y LA ARTISTA

La historia de amor del mago y la artista acababa en tragedia cada cien años.

Él era un individuo muy alto y delgado, larguirucho dirían algunos, pero con un porte majestuoso y para nada desgarbado. Vestía pantalones de rayas, botas altas, negras, acabadas en punta y una estrecha casaca roja, larga, más elegante que la de cualquier concertista de piano. Acompañaba este conjunto con una capa roja de vuelo, larga, de cuello alzado, y un sombrero de copa cuidadosamente colocado sobre su pelo ondulado y rubio. Todo ello le confería un aire distinguido y señorial. Nunca salía sin su bastón de mano, el símbolo de su maravilla y de su magia. Su canción era una melodía lenta, melancólica, el recuerdo del esplendor de días pasados, el lamento de un hombre que aspiraba eternamente al amor sin jamás haberlo conquistado y que había sido una vez el mago más admirado y brillante de la tierra de Arzak.

La artista era una mujer pequeña, de poca estatura, delicada pero no frágil. Poseía la gracia y la ligereza del junco, que se dobla ante el viento pero no se rompe jamás; su arte y su habilidad estaban por encima de los de cualquier mortal. Tenía un rostro aniñado, redondeado y risueño, los ojos claros (que se reflejaban en los ojos oscuros del mago) y la piel muy blanca. Vestía siempre de verde y azul, como una ninfa, con alegres falditas vaporosas de vuelo ligero, y utilizaba telas y cintas de colores para adornar su pelo corto del color de la avena tostada. Su canción era un tema acelerado, vital, vibrante, lleno de energía, como ella misma, pero con intermedios lentos, cadenciosos, que hablaban de ilusión perdida, de los sueños que se escapan volando y del deseo de ser más libre. Y también de amor, un amor intangible que no podía alcanzar pero existía, y escapaba por cada poro de su piel y en cada respiración.

La historia de amor del mago y la artista acababa siempre en tragedia. No era una maldición, ni estaba escrito en el destino, pero solo podían revolotear en el viento sin acercarse cada vez que se encontraban, una vez cada cien años.

Pero un día, la artista se vistió de rojo, con vestido ceñido y una falda que caía en cascada por sus piernas. Se dejó crecer el cabello y se lo adornó con rosas. Y aprendió a cantar. Al mismo tiempo el mago fue en su busca. Había perdido el miedo y le habían crecido alas; se convirtió en un hombre que aprendió a nunca dar la espalda y a mirar siempre de frente. Hizo magia para ella y transformó todo cuanto conocían. Se encontraron en lo alto de una escalera dorada y entonaron una melodía que se elevó hacia el cielo cuajado de estrellas en el aire de la noche, como un humo tejido de fantasmas, de niebla y de deseos lejanos. Y no hubo beso, pero se quedaron en lo alto de la escalera. Y se detuvo el tiempo. Se quedaron atrapados en ese instante, dentro de un eterno reloj de arena, el mago y la artista, en una irrealidad de felicidad, arte y magia.

5 nov 2013

REMEMBRANCE

Es de noche y hace frío. Sopla un viento helado que azota sin piedad las lonas de los barcos y hace crujir los mástiles, las jarcias. El hielo y la escarcha se posan sobre la madera sacando astillas y se cuelgan de los cabrestantes en forma de carámbanos como murciélagos dormitando en su cueva.

En el puerto, una dama blanca espera, expectante en la noche oscura, insensible a las inclemencias atmosféricas. No anhela la libertad que prometen esos barcos varados, ni aguarda el regreso de su amado de tierras lejanas. El fuerte viento hace revolotear su pelo rojo anaranjado alrededor de la nuca semejando las chispas danzarinas que saltan de un fuego. Su pena es grande, pero sus ojos no la translucen. Sus lágrimas también están congeladas, por sus venas corren ríos de hielo y quizá es eso lo que le permite soportar el desaliento más profundo y el frío helado de la noche.

La dama blanca se lleva las manos al pecho y sus labios pálidos dejan escapar un suspiro que se convierte en vaho antes de morir. No se siente como esas princesas de cuento, aunque lo sea. No viste con tules rosas y pieles suaves en el invierno, no le fascinan la belleza de las flores ni los poemas de amor. Esos poemas de amor que siempre cuentan cuentos perfectos, que no son verdad. Ella no sabe lo que es el amor. Pero sabe lo que son el destino y la muerte.

El invierno está en su apogeo, en su momento más bello, cuando las nieves caen renovando el mundo cada noche con su manto blanco. Ningún barco vendrá hasta dentro de muchos meses, los caminos están cerrados. La princesa se acerca hasta el acantilado, arrastrando el vestido por las rocas desnudas y sintiendo el frío y la dureza del suelo en los pies descalzos. Desde allí puede ver el mar en toda su plenitud, ahora más embravecido y furioso, agitado por el viento. La dama blanca da un paso al frente y se deja caer ingrávida hasta hundirse en el agua helada. El frío le corta la respiración de inmediato y el agua le entra en los pulmones ahogando sus lamentos en cuestión de segundos. El vasto océano se convierte en su húmedo mausoleo, una tumba eterna, un cementerio que ahora sólo a ella le pertenece.

Es por la mañana. Las gaviotas acuden al acantilado antes de que amanezca para vigilar sus nidos. Sus graznidos, incomprensibles para los humanos, hablan hoy de algo distinto. Sus patas gomosas se quedan continuamente atrapadas en un extraño líquido denso y viscoso de color rojo oscuro, casi negro. Y unas hojas de árbol que jamás antes habían visto barren el acantilado levantadas por las corrientes de aire. No saben que asemejan pergaminos con canciones de amor y danzas de muerte.