La historia de amor del mago y la artista acababa en tragedia cada cien años.
Él era un individuo muy alto y delgado, larguirucho dirían algunos, pero con un porte majestuoso y para nada desgarbado. Vestía pantalones de rayas, botas altas, negras, acabadas en punta y una estrecha casaca roja, larga, más elegante que la de cualquier concertista de piano. Acompañaba este conjunto con una capa roja de vuelo, larga, de cuello alzado, y un sombrero de copa cuidadosamente colocado sobre su pelo ondulado y rubio. Todo ello le confería un aire distinguido y señorial. Nunca salía sin su bastón de mano, el símbolo de su maravilla y de su magia. Su canción era una melodía lenta, melancólica, el recuerdo del esplendor de días pasados, el lamento de un hombre que aspiraba eternamente al amor sin jamás haberlo conquistado y que había sido una vez el mago más admirado y brillante de la tierra de Arzak.
La artista era una mujer pequeña, de poca estatura, delicada pero no frágil. Poseía la gracia y la ligereza del junco, que se dobla ante el viento pero no se rompe jamás; su arte y su habilidad estaban por encima de los de cualquier mortal. Tenía un rostro aniñado, redondeado y risueño, los ojos claros (que se reflejaban en los ojos oscuros del mago) y la piel muy blanca. Vestía siempre de verde y azul, como una ninfa, con alegres falditas vaporosas de vuelo ligero, y utilizaba telas y cintas de colores para adornar su pelo corto del color de la avena tostada. Su canción era un tema acelerado, vital, vibrante, lleno de energía, como ella misma, pero con intermedios lentos, cadenciosos, que hablaban de ilusión perdida, de los sueños que se escapan volando y del deseo de ser más libre. Y también de amor, un amor intangible que no podía alcanzar pero existía, y escapaba por cada poro de su piel y en cada respiración.
La historia de amor del mago y la artista acababa siempre en tragedia. No era una maldición, ni estaba escrito en el destino, pero solo podían revolotear en el viento sin acercarse cada vez que se encontraban, una vez cada cien años.
Pero un día, la artista se vistió de rojo, con vestido ceñido y una falda que caía en cascada por sus piernas. Se dejó crecer el cabello y se lo adornó con rosas. Y aprendió a cantar. Al mismo tiempo el mago fue en su busca. Había perdido el miedo y le habían crecido alas; se convirtió en un hombre que aprendió a nunca dar la espalda y a mirar siempre de frente. Hizo magia para ella y transformó todo cuanto conocían. Se encontraron en lo alto de una escalera dorada y entonaron una melodía que se elevó hacia el cielo cuajado de estrellas en el aire de la noche, como un humo tejido de fantasmas, de niebla y de deseos lejanos. Y no hubo beso, pero se quedaron en lo alto de la escalera. Y se detuvo el tiempo. Se quedaron atrapados en ese instante, dentro de un eterno reloj de arena, el mago y la artista, en una irrealidad de felicidad, arte y magia.

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