"EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS". "THERE IS BEAUTY IN PAIN, TOO"

4 may 2014

VAMPIRE HEART

Eran ya más de las doce. La noche, avanzada, jugaba a atemorizar con su manto oscuro a los habitantes de la ciudad, llenándola de inquietantes sombras que danzaban a placer por las frías y solitarias calles de Londres. La ciudad en sí misma parecía dormir, sumida en una intranquila vigilia en espera del amanecer. Pero para ello quedaban aún muchas horas. 

No se había movido de su puesto desde el atardecer. Cambió de postura para desentumecerse un poco, pero seguía notando un frío húmedo colarse bajo sus ropas. Tiritó pese al largo abrigo que llevaba y se revolvió en su puesto, maldiciendo al vampiro para sus adentros. Él tampoco se había movido. Podía verle en lo alto de la torre, vigilando. Por enésima vez, maldijo también su lugar en los desolados callejones. Dejó escapar un suspiro de fastidio, se quitó el sombrero y el pelo largo le cayó sobre los hombros. El vampiro debió notarlo, porque le hizo una seña para que se mantuviera alerta. Frunció el ceño y volvió a colocarse el sombrero. Si no fuera porque ya no le quedaba nada que perder, no habría aguantado tanto tiempo esa situación. Detestaba que le diera órdenes. Pero le convenía y, cuando llegara el momento, le plantaría cara a ese chupasangre. Hasta entonces, debía esperar. 

Como de costumbre, se reunieron en la misma ruinosa taberna al despuntar el alba. Antes de entrar echó un vistazo al cielo, débilmente iluminado por esa pálida luz que precede al amanecer. Estaba totalmente cubierto de nubes grises; sería otro día más sin sol. 

Entró en el local, desierto a esas horas. Él ya estaba esperando en el sitio de siempre. Se sentó en la silla que había enfrente y le miró con mala cara, esperando a que hablase. Pero se limitó a sonreír con suficiencia, recostado en su silla, con la capa negra amenazadoramente abierta y contemplándola sin disimulo. 

- ¿Nada? – preguntó, cansada de esperar, sabiendo que lo mejor era ignorar su actitud. 
- Nada – confirmó, repentinamente serio. 
- ¡Maldita sea! – cuando quiso darse cuenta, estaba tan furiosa que al levantarse y golpear la mesa, el sombrero se le había caído al suelo. Jirou lo recogió y lo colocó en la mesa ante su sitio. 
- Siéntate, Jess – su tono era autoritario – No queremos armar escándalo. 

Ella obedeció. La taberna estaba vacía a aquellas horas, pero era verdad: cuanto menos supieran de ellos, mejor. 

- Me prometiste que lo atraparíamos – reprochó, enfadada.
- Creo recordar que también te dije que no sería fácil – comentó, jugueteando desinteresadamente con el sombrero. 
- Ya hace casi tres años de eso – le recordó – Y ni una sola pista desde entonces. Permíteme que ponga en duda la palabra de un chupasangre – escupió con rabia. 
- Nunca te pedí que me ayudaras – dijo, lejos de molestarse siquiera – Yo lo atraparé, no me importa si es contigo o sin ti. 

Dicho esto se levantó, le colocó el sombrero en la cabeza y salió del local con paso rápido. Ella, aún más enfadada, ordenó a gritos una cerveza. Era cierto que, desde que le conocía, Jirou nunca había cesado en su empeño. Su determinación era la misma que aquella noche en la cual, tras un largo viaje, al fin le encontró. Por aquel entonces, acababa de perder a su hermana, lo que unido a la muerte de Mark varios meses atrás, solo le dejó el camino de la venganza. Había aprendido, muy a su pesar, que no había nada imposible. Fue por eso que no le sorprendió que Jirou se presentase como un vampiro. Qué le motivó a hacerlo, lo desconocía, pero ambos compartían un mismo objetivo y con eso le bastaba. Sentados tras un par de vasos de whisky, se ofreció a colaborar con él, mientras que él prometió ayudarla a capturar al asesino de su hermana. 

A pesar de sus buenas intenciones, las cosas no marcharon demasiado bien. En esos días, el mundo estaba en constante cambio y ciertas cosas habían quedado olvidadas en los umbrales del siglo XIX. El ser al que perseguían no era monstruo ni hombre, sino más bien un tipo de criatura que no encajaba en ninguna de las dos clasificaciones. Era demasiado inteligente para der una bestia, pero demasiado brutal para ser humano. Sabían que se encontraba allí, en Londres, pero era demasiado silencioso y escurridizo. Después de tres años de búsqueda, no había indicio de su paradero. Parecía, no obstante, divertirse con el juego, porque había dejado de lado los asesinatos, lo cual hacía aún más difícil dar con él. 

Terminó la cerveza y dejó la jarra sobre la mesa con un golpe seco. Depositó unas cuantas monedas en la barra y, calándose el sombrero hasta los ojos, se marchó de la taberna en dirección a las afueras.

Continuará~

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